Yo, el paseante

Personalmente soy uno de esos que ya no está, me refiero a una actividad profesional. Soy un flanêur. Para mí caminar no es nuevo, lo hice cuando podía, caminar me amplia la imaginación y me hace sentir…importante. Camino diariamente, no importa demasiado si es campo o ciudad, igual da allá o acá. En la ciudad me muevo por las calles con los ojos despiertos, exploro sus calles, todos los rincones, observo a las gentes con espíritu antropológico en cierta forma, observo y estudio los ritmos de moverse de otros, sus comportamientos y…no puedo evitar hacer fotografías.

Personalmente me gusta vagabundear, a veces con cierto rumbo más o menos estudiado pero lo verdaderamente fascinante es hacerlo sin rumbo fijo. Pretendo ser un observador anónimo, pasar absolutamente inadvertido entre las gentes, quiero así sentirme co-protagonista con el lugar donde estoy, y no quiero interactuar con las gestes, yo soy un flanêur.

Cuando camino siento…desconexión, es una forma de escapar, de romper con horarios y normas establecidas, me siento “fuera”. Caminar implica partir y de esta forma todo lo demás pierde importancia, significa ser alguien que se aleja de los convencionalismos sociales y que, a la vez, rechaza -de algún modo-la civilización contaminada y alienante.

El término flâneur se acuñó en el contexto de la incipiente sociedad moderna a la que dio lugar la industrialización en el París del siglo XIX. El poeta Charles Baudelaire lo menciona por primera vez en su libro Las flores del mal (Fleurs du mal, 1857) y con él describe a un personaje que camina sin rumbo por las ciudades sin ningún objetivo salvo el propio hecho de caminar. Sin embargo, pensar en él como un sencillo paseante es simplificar en exceso el concepto ya que el flanêur no sale a pasear sino un modo de relacionarse con le realidad y con el mundo.


EL PASEANTE, JEAN JACQUES ROUSSEAU

Las ensoñaciones del paseante solitario

Concebido entonces el proyecto de describir el estado habitual de mi alma en la más extraña situación en la que jamás pudo encontrarse un mortal, no vi ninguna manera más simple y más segura de ejecutar la empresa que llevar un registro fiel de mis paseos solitarios y de las ensoñaciones que los llenan cuando dejo mi cabeza enteramente libre, y a mis ideas seguir su pendiente sin resistencia ni miramientos. Esas horas de soledad y de meditación son las únicas del día en que soy plenamente yo y mío, sin distracción, sin obstáculo, y en que puedo verdaderamente decir que soy lo que la naturaleza quiso.